Gustavo Santaolalla en el Teatro Colón: un recorrido sonoro entre Ronroco, The Last of Us y el cine
Junto a su ensamble, el músico criado en Ciudad Jardín repasó gran parte de Ronroco, una obra atravesada por sus raíces argentinas y latinoamericanas, además de composiciones ligadas a Babel, The Last of Us y Brokeback Mountain.
Antes de que aparecieran los músicos en escena, las luces bajaron y solo algunos tonos fríos quedaron iluminando el escenario, donde los instrumentos esperaban a sus intérpretes. Sonidos de agua corriendo inundaron el Teatro Colón y, entre efectos de humo, los músicos ingresaron en fila, cada uno guiándose con una mano apoyada en el hombro del otro. Mientras la sala permanecía en silencio, de a poco ocuparon sus asientos. Con su pelo y su barba blanca tan característicos, Gustavo Santaolalla, recibió ayuda para subir hasta el lugar dispuesto en el centro del escenario. Ahí lo esperaba su ronroco, instrumento que lo acompaña desde hace décadas y que da nombre al álbum de 1998 que esa noche sería uno de los ejes del recorrido.
Durante la noche, como a lo largo de toda la gira, Santaolalla estuvo acompañado por un ensamble que transformó permanentemente el sonido. Él pasó por ronroco, charango, guitarra acústica, tubo, percusión, voz y guitarra octava; Javier Casalla sumó violín, viola, charango y armónica; Barbarita Palacios, teclados, glockenspiel, percusión, autoharp y voces; Nicolás Rainone alternó entre violonchelo, guitarra barítono, guitarra octava, ronroco y voz; y Santiago Carregal rotó entre guitarras, charango, autoharp y ronroco.
Gentileza Aspix/Gustavo Santaolalla
Los primeros rasgueos del instrumento familiar del charango en “Way Up” colmaron la sala y dieron comienzo a un recorrido por Ronroco y por otras composiciones que marcaron distintos momentos de su carrera. “Gaucho”, “Jardín”, “Desandando el camino”, “Coyita” y “Del pago” fueron sucediéndose y convirtiendo los acordes en imágenes que remitían a paisajes y lugares de la Argentina. En las pausas del repertorio, Santaolalla también se tomó el tiempo para hablar con el público, que lo recibió con aplausos y ovaciones desde la primera interpretación. Contó sobre su interés por la física cuántica y remarcó la importancia de la energía de cada persona presente. Aquella presentación, señaló, no sería la misma sin el público, ni el público sin quienes estaban sobre el escenario. Así los invitó a formar parte y construir juntos ese concierto.
Gentileza Aspix/Gustavo Santaolalla
Entre “Sicalis” y “Canto en la rama” aparecieron pequeñas transiciones que continuaron llevando el concierto hacia distintos paisajes sonoros. Primero se escucharon pájaros y luego llegaron el gong y los platillos. Más adelante, Santaolalla revelaría que aquel gong era en realidad una bandeja metálica del hotel Melía. También tomó un simple tubo de PVC y explicó que, así como distintas culturas originarias otorgaban un alma a los objetos, ese tubo también podía tener una voz propia. Bastó hacerlo sonar para que volviera a transformar el espacio. Una bandeja metálica, un tubo, las cuerdas de un ronroco o un violín podían convivir en el mismo escenario y encontrar, cada uno a su manera, su propia musicalidad.
Cuando la música también cuenta historias
El recorrido continuó con una fusión entre “Cordón de Plata” y “Ella” para entonces dar paso a “Alma”. Luego llegaron “Iguazú” y “Endless Flight”, dos composiciones que también forman parte de la banda sonora de Babel, la película de Alejandro González Iñárritu por la que Santaolalla recibió su segundo en 2007 Oscar consecutivo a Mejor Banda Sonora, después de haber ganado el año anterior por Brokeback Mountain.
Tampoco faltó “De Ushuaia a La Quiaca”, el tema instrumental que nació como cortina de uno de los proyectos más ambiciosos que compartieron Santaolalla y León Gieco y que, años más tarde, terminó convirtiéndose en una de las joyas más emotivas del álbum Ronroco. Entre 1981 y 1985, ambos encabezaron un equipo que recorrió el interior del país para buscar, registrar y documentar expresiones de la música y la cultura popular en sus lugares de origen. El proyecto tomó su nombre de los dos extremos geográficos que marcaron aquel recorrido por la Argentina.
Entonces llegó uno de los momentos más esperados de la noche. El anuncio de Santaolalla de que se acercaba el bloque dedicado a The Last of Us fue recibido con gritos y ovaciones. Primero sonó “The Last of Us Intro”, luego “All Gone” y finalmente el tema principal de la saga. Gustavo compuso la música del videojuego original de 2013 y años después volvió sobre ese universo para su adaptación televisiva.
En el Colón no hicieron falta imágenes de Joel o de Ellie, ni de aquel mundo devastado. Bastaron unas pocas notas para que la referencia apareciera en la cabeza del público. Cada tono, cada pieza, tenía la fuerza de hacer estremecer hasta las butacas aterciopeladas del Colón. Hasta el silencio tenía casi tanto peso como cada acorde y, cuando terminó el bloque, buena parte de la sala se puso de pie para ovacionarlo. Santaolalla, con un gesto enternecedor que repetía cada vez que terminaba una pieza, lanzaba besos al público, juntaba las manos en señal de agradecimiento y luego abría los brazos hacia la sala.
Gentileza Aspix/Gustavo Santaolalla
Entre las ovaciones, los músicos también se ponían de pie y lo señalaban a él, como devolviéndole parte del reconocimiento que llegaba desde las plateas. Había una complicidad evidente entre ellos, construida a partir de miradas y pequeños gestos, aunque por momentos cada uno parecía hipnotizado por su propio instrumento. En Santaolalla esa sensación era todavía más marcada. Cada vez que rasgaba las cuerdas del ronroco, parecía fundirse con él, como si el instrumento dejara de ser un objeto para convertirse en una extensión más de su cuerpo.
Gentileza Aspix/Gustavo Santaolalla
Brokeback Mountain y el cierre de la noche
Después llegaron “Zenda”, “Lela” y “La vuelta”, hasta que Santaolalla habló sobre la importancia que había tenido para él participar de Brokeback Mountain y reflexionó sobre la necesidad de permanecer unidos y buscar una “frecuencia más alta” frente a los momentos difíciles que atraviesan el mundo y, especialmente, a la Argentina. La música de la película cerró el repertorio de la noche. Allí, la guitarra acústica y el pedal steel guitar acompañaron una banda sonora construida alrededor de la inmensidad del paisaje de Wyoming y la soledad de sus protagonistas.
Como canta León Gieco en “Pensar en nada”, canción producida por Gustavo Santaolalla, “quizás en la soledad no haya dolor”. Hay algo de ese sentimiento, de sentirse pequeño frente a un mundo inmenso, que también atraviesa muchas de sus composiciones. Pero con Santaolalla como banda sonora, la soledad nunca parece absoluta. Sus sonidos acompañan, contienen y remiten a una identidad profundamente ligada a la cultura argentina y latinoamericana.