Rosalía hizo del pop una ópera contemporánea con LUX, su show más esperado
La artista española llegó con la puesta más ambiciosa de su carrera y transformó el escenario en una obra total. Durante más de dos horas, la música, la danza y la actuación se fundieron en un espectáculo que desafía cualquier etiqueta.
El universo de Rosalía volvió a Buenos Aires y debutí en el primero de sus cuatro shows agotados y dejó la sensación de haber llevado al escenario una obra total.
Durante poco más de dos horas, el estadio dejó de funcionar como una sala de recitales para convertirse en una suerte de teatro contemporáneo, una ópera atravesada por el flamenco, el pop, la electrónica y la danza. Cada acto tuvo su propia identidad dramática, cada transición pareció pensada como un cambio de escena y cada movimiento sobre el escenario respondió a una lógica narrativa que nunca se interrumpió, al contrario, a medida que pasaban las canciones la intensidad era más profunda.
La puesta, dirigida por el reconocido creador griego Dimitris Papaioannou —responsable de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004—, comienza incluso antes de que aparezca la artista. La Heritage Orchestra ocupa su lugar mientras un grupo de asistentes vestidos de negro despliega una enorme caja blanca en el centro del escenario. Sus paredes se abren lentamente hasta revelar a Rosalía vestida como una bailarina clásica, con tutú y zapatillas de punta. No emerge de una caja de cristal, sino de una estructura de madera, casi como una muñeca antigua guardada en un relicario. Desde ese instante queda claro que cada símbolo tiene un sentido y entonces ocurre uno de los grandes misterios de la noche: cómo puede salir semejante potencia de un cuerpo tan pequeño.
Rosalía canta con una intensidad que conmueve físicamente. Su formación de conservatorio aparece en cada respiración, en cada interpretación y en la manera en que sostiene composiciones como "Porcelana", "Divinize" o "Mio Cristo Piange Diamante". Y hay que decirlo: hay una dimensión casi mística en su forma. No se limita a ejecutar las cancione porque las hace propias, las encarna, las siente, las vive y transmite y por momentos emociona hasta las lágrimas.
Crédito: @vickydragonetti
Siendo espectadora de todo este suceso en simultáneo, esa precisión con la que construye ese personaje también resulta fascinante. Camina sobre zapatillas de punta con una delicadeza permanente, como si incluso los silencios formaran parte de la coreografía. Nunca abandona el rol. Cada gesto de sus manos, cada mirada, cada pausa parece responder a una decisión teatral. Los bailarines funcionan como una extensión de esa narrativa. Nunca aparecen como un simple acompañamiento coreográfico ni como un recurso ornamental. Son actores, soportes físicos, cuerpos que sostienen imágenes, que contienen a Rosalía, que dialogan con ella y completan el sentido de cada escena. El espectáculo encuentra ahí otra de sus grandes virtudes: la danza es parte en sí misma de la música.
El segundo acto modifica la narrativa de la obra sin romper su coherencia. "Berghain", "SAOKO", "LA FAMA", "LA COMBI VERSACE" y "De Madrugá" elevan la intensidad mientras la estética también se transforma. La peluca, el vestuario y una iluminación más oscura recuperan algo de la Rosalía de Motomami: más desafiante, más rockera, más filosa. Incluso cuando la energía explota, el espectáculo conserva ese aire de ballet contemporáneo que atraviesa toda la puesta.
Crédito: @vickydragonetti
El tercer acto encuentra algunos de los momentos más emotivos de la noche con "El Redentor", el popurrí de "Can't Take My Eyes Off You" y "Confessional Engagement" y "La Perla". Allí aparece también el ya famoso confesionario, donde la invitada fue Ángela Torres. Su relato sobre una relación en la que sintió que se perdió a sí misma derivó en una respuesta espontánea de Rosalía que mezcló humor, empatía y una frase que desató la ovación del Arena: "Tú te mereces todos los éxitos y claramente este perla tenía un diamante y no se enteró. Él tuvo que verte brillando para darse cuenta, el muy pelotudo".
Pero quizás uno de los momentos más significativos llegó cuando decidió hablarle directamente al público argentino. Después de la polémica que había generado un "me gusta" en redes sociales en la campaña anti-argentina, eligió agradecer sin rodeos el lugar que el país ocupó y ocupa en su historia.
"¿Cómo yo podría tener un sentimiento negativo hacia un lugar como este? Es el lugar que me ha erguido a donde estoy hoy", dijo con emoción. Recordó el apoyo que recibió desde sus primeros años y definió al público argentino como "el mejor público que hay en la tierra". Lejos de sonar protocolar, sus palabras encontraron credibilidad en la sencillez con la que las dijo y en la respuesta inmediata de un estadio que nunca dejó de acompañarla.
El tramo final recuperó el costado más festivo con "BIZCOCHITO", "DESPECHÁ" y "Focu' Ranni", antes de despedirse con "Magnolias". Para entonces ya no importaba el repertorio ni el despliegue técnico. Lo que permanecía era la sensación de haber asistido a una experiencia escénica poco frecuente dentro del pop contemporáneo.
Rosalía construyó una obra donde la música, la actuación, la danza y la puesta dialogan con la misma importancia. Una ópera del siglo XXI capaz de provocar piel de gallina desde la primera escena hasta el último aplauso.